Por lo que se deduce del relato de Florencio
Idoate[1], que he
tomado como referencia, el denunciante aportaba testimonios bastante paranoides y
que serían motivo para dudar seriamente de su estabilidad mental, pero parece
evidente que la Inquisición tenía buenas tragaderas para estos temas y que el
rencor entre vecinos se aprovechaba de ello para hacer daño sin piedad alguna.
Vamos que el acoso vecinal no es cosa de hoy.
Afirmaba Juan Álvarez haber observado que se juntaban los brujos en casa de María la Coja y su madre les
recibía diciendo “credo, credo” y Martín López, les respondía a manera de perro,
aullando: “aun, aun”.
Y de Juan de Alduy resultaba que, durante la misa, al tiempo
de alzar el Santísimo, miraba al suelo, no tomaba agua bendita y mostraba otros
desvíos. Son varios los comentarios de vecinos que recoge Idoate, extraídos obviamente del proceso, que suponen "aportaciones" a la denuncia del tal Álvarez, incluida esa coincidencia de suegra y nuera al convenir que si los comisarios de Pamplona llegasen a San Martín de Améscoa, encontrarían trabajo.
En defensa de López, explica Idoate, salió el abad y el joven palaciano de San Martín y Ecala, Gonzalo Ruiz[2] de Baquedano defendió a Alduy. María de Ecala no tuvo valedores. Y, como ha quedado dicho, todos fueron condenados y dos murieron al poco en la cárcel.
El suceso se comenta por sí mismo y pone de manifiesto
lo que la maledicencia, unida al fundamentalismo religioso, puede ocasionar.
[1] Rincones de la Historia de Navarra III, Institución
Príncipe de Viana, páginas 699-701). Editorial Aramburu, Pamplona, 1979,



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