Paco Ruiz, sus consejos y la hierba de los ballesteros

Paco Ruiz de Larramendi Leunda 

Francisco Ruiz de Larramendi Leunda (1937-2017), Paco Ruiz, sabía mucho de la sierra. No solo por los años que había vivido en ella, sino porque la amaba. Y contagiaba fácilmente ese amor por esa tierra indómita.


A lo largo de muchos años de amistad nos fue transmitiendo ese amor que él sentía en pequeñas dosis, de forma casi inadvertida. Y una parte del conocimiento en que se sustentaba.


Hoy, que nos vemos privados de poder envolvernos en sus nieblas, deleitarnos con sus crepúsculos y caminar por sus rasos y por sus hayedos, le añoramos a él y recordamos con cariño aquellos consejos para el camino que nos daba al emprender la andada.


Hace poco Juan Carlos Urra me envió una fotografía del eléboro, tomada en la Aldaia de Zudaire, y me vino a la memoria una experiencia que nos contó Paco al respecto habida con dicha planta. Y que nos sirvió de prevención, porque la veíamos con frecuencia, tanto en el hayedo como en terrenos despejados y resultaba bastante vistosa como para que tentase tocarla.


Eléboro en la Aldaia de Zudaire a final de febrero
 y a primeros de abril en Arratondo. Foto primera facilitada 
por Juan Carlos Urra y segunda, de archivo propio.


Nos contó Paco que, tras haberla manipulado en una ocasión, tuvo luego una serie de problemas cutáneos, derivados de haberse tocado cara y párpados con manos y dedos con los que había tocado la planta.


Efectivamente, el eléboro, eléboro fétido, (Helleborus foetidus), que esa es la planta en cuestión, es una planta perenne que crece en zonas de montaña, que puede alcanzar medio metro de altura. Y florece en invierno y en primavera.



Esquema morfológico del eléboro fétido

Es ligeramente tóxico para personas y ganado, aunque, por ingestión, no llega a ser mortal.


Se ha llegado a decir que su ingestión podía ser letal y es legendario su uso en el envenenamiemto de flechas y dardos, para que las heridas causadas por los mismos fueran agravadas por la ponzoña del eléboro y causaran la muerte. De ahí la denominación de “hierba de los ballesteros” o “de los arqueros”.


Imagen fantasiosa de un arquero inglés de longbow (arco largo) 
preparándose para impregnar de veneno una flecha.

La intoxicación sería producida por los glucósidos cardiotónicos que hacen efecto sobre el corazón y por las saponinas, que son tóxicas para el aparato digestivo.


La manipulación del eléboro y el contacto con la piel pueden causar irritación de la misma, llegando a producir ampollas.



 

Urbasa y el fitness del pito negro

Tocón de haya viejo muy empapado, recién trabajado
 por un pito negro con virutas de madera grandes y muy húmedas.
Foto facilitada por Carlos García Iñiguez.
 

El picamaderos negro, Dryocopus martius, se castiga de vez en cuando con duros y, aparentemente, frenéticos ejercicios sobre viejos troncos de árboles vetustos o tocones ya extintos en los hayedos de Améscoa y Urbasa. No lo hace para estar en forma, lo hace a fin de alimentarse.


Pito negro trabajando sobre madera seca, 
con lo que salta viruta menuda

Es el pájaro carpintero más grande de Europa, de 40/50 cm de largo y 60/70 cm de envergadura, de plumaje completamente negro, salvo un copete rojo en la cabeza de los machos y una mancha roja en la nuca de las hembras.

Se reproducen de marzo a julio. Construyen el nido en un hueco grande habilitado en el tronco de un árbol viejo y situado a considerable altura. La puesta es de tres a seis huevos, incubados por los dos miembros de la pareja, que igualmente se ocupan de su alimentación. Tras un mes de permanencia en el nido, lo abandonan.

Me dice Carlos que estos nidos son con frecuencia, aprovechados más tarde por mitxarros.

Es residente en el hayedo de Améscoa y Urbasa.

Es muy difícil llegar a verlo, pero no es raro oírlo cuando está en plena tarea de picar madera. Actividad a la que se dedica para alimentarse de insectos devoradores de madera que localiza en árboles viejos, perforando la debilitada estructura leñosa mediante su largo, duro y potente pico. Perfora la madera, la penetra y se alimenta de las hormigas y escarabajos que encuentra en su interior.

Mi amigo Carlos me ha remitido la magnífica foto que he reproducido en la entrada, que muestra un tocón, empapado por la lluvia, del que la madera se ha desprendido en virutas grandes, ante la actividad del pito negro.   


Menos tienen más y más tienen menos


Gutxik gehiegi dute, eta gehiegik gutxi dute

Toda circunstancia es oportunidad para el enriquecimiento

A lo largo de la historia de la humanidad ha quedado probado que, inexorablemente, tras conflictos, crisis y catástrofes, sea cual sea la causa y la duración, los ricos acaban siempre más ricos y los pobres acaban siempre más pobres.

 

Gizateriaren historian zehar frogatuta geratu da, ezinbestean, gatazka, krisi eta hondamendien ondoren, arrazoia eta iraupena edozein izanda ere, aberatsak beti aberatsago amaitzen direla eta pobreak beti pobreago.


Y provocar conflictos para lograr beneficios rápidos parece haberse convertido en una maniobra rentable que empezamos a ver en este siglo XXI. Y que está en pleno apogeo en este año de 2026.   

Lo que está contribuyendo al efecto que denuncio en el título de esta entrada. Y lo denuncio, porque, aunque no es tarea de este blog, me queda vergüenza suficiente como para hacerlo.

Ya los economistas hablaban del "efecto Mateo", por lo que decía San Mateo, en la parábola de los talentos que menciona en su Evangelio: "Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará". Y explicaban así la progresiva acumulación de riqueza en manos de unos pocos y el progresivo empobrecimiento del resto.

En estos momentos parece haberse dado un paso más. Y es el de generar varios conflictos, con víctimas directas e indirectas, con un empobrecimiento general de millones de personas para el enriquecimiento de un ramillete de individuos o de empresas.

Ahí lo dejo, al menos para la reflexión.


Hay una brecha que suprimir, no que ensanchar


 

Gollano, 1665. Lo de "untar" a la justicia viene de antiguo

La Justicia no ha sido nunca ciega en la Historia

Los Baquedano del Palacio de Gollano tenían una larga tradición de roces, por decisiones arbitrarias varias y desavenencias con los vecinos del lugar, donde no residieron nunca de forma continuada. 


Uno de los miembros de esta saga, Antonio de Baquedano y Ozta, Señor de los Palacios de Gollano, Lácar y Olcoz, había casado con Ana María de San Cristóbal y Ballesteros. De su matrimonio, tuvieron como hijos a: Ana María (1644), Teresa (1646), Fernando (1648), Juan (1652), Catalina (1654), Josefa (1656), Andrés (1658) y estando embarazada de Diego Antonio, en 1660, falleció el progenitor, Antonio de Baquedano.


En marzo de 1665,  Ana María de San Cristóbal, pidió  para su hijo Fernando, menor de edad todavía, la jurisdicción civil y criminal del lugar de Gollano, para lo que aportó como "argumento" 700 ducados.


Se aprovechaban de la política seguida para la recaudación por la Hacienda Real en Navarra, mediante la venta de cargos, títulos, oficios y privilegios. Y se recaudaba tanto o más, por el pago que hacían por las concesiones los que las solicitaban como por los pagos que hacía los que las rechazaban para conseguir que no llegasen a producirse o que se retirasen, una vez producidas.


Había, en este caso concreto de Gollano, un lamentable precedente, y precisamente se había producido en la concesión real a Fernando de Baquedano, abuelo del menor, para el que se hacía la petición. A su abuelo, reitero, dueño y señor del Palacio de Gollano, se le había otorgado por concesión real “la jurisdicción baja y mediana del Estado de Hijosdalgo de dicho valle de Amescua la Baja, habiendo ofrecido servir a Su Majestad con 2.000 Ducados”. Esto ocurría en 1630 y era un sólido "argumento" para apoyar su petición.


A lo que se opuso el Valle de Améscoa Baja y afirmó que su alcalde se responsabilizaba de la jurisdicción baja y mediana sin necesidad de ‘otra persona alguna’. Y el Rey retirò la concesión. Pero para que el Rey retirara la concesión, el Valle debió "ofrecer servir a Su Majestad  con 2.500 Ducados porque no tuviese efecto la gracia hecha al dicho D. Fernando de Baquedano’. Esto ocurrió en mayo de 1630.


Dibujo fantasioso del Palacio de Fuerte Gollano

Volvemos pues a la petición de Ana María de San Cristóbal para su hijo Fernando. Se repetía la petición 35 años después, pero con una “untada” menor. La viuda y su hijo no tenían derecho alguno a optar a la jurisdicción civil del lugar de Gollano, pero habían puesto 700 ducados en la balanza del Consejo Real de Navarra.

Y el Valle tuvo que aportar un "argumento" de 600 ducados para negarse al caso de Gollano y 1.500 Reales más para conseguir que la expresa prohibición se haga extensiva a todos los lugares del Valle. 


Ya existía un precedente en el intento de José Remírez de Baquedano, en 1621 en ser tratado como Señor de San Martín, en que tras la oposición de los habitantes del lugar, obtienen éstos sentencia favorable, en 1623, por la que ‘de aquí en adelante, no se intitule ni llame, Señor de San Martín, por escrito, ni de palabra’.

En definitiva, la petición no era razonable y debìa ser rechazada, pero para que fuera rechazada y todo quedase como estaba, todos los vecinos del Valle tuvieron que pagar. Aún teniendo razón. El único que salió ganando fue la Hacienda Real, que cobró a los que tenían razón por tenerla.


Por terminar. Fernando de Baquedano y San Cristóbal, (Lácar, 1648), nunca vivió en Gollano. Contrajo matrimonio en 1671 con Francisca de Rada y Azpilcueta. Se avecindaron en Estella. En 1686 fue acusado, junto a otros vecinos y jurados, de abusos en el ejercicio de sus cargos. Falleció en 1708. 


De su matrimonio con Francisca de Rada nació José Antonio de Baquedano y Rada, I Marqués de Fuerte Gollano. Pero de eso hablaré en otra ocasión.






 

El amescoano que quiso traer bisontes de América

Hace más de 400 años 

Juan de Eulate observa por primera vez los "cíbolos".


"Cíbolo" (1) es el nombre que dieron al bisonte los colonizadores españoles cuando lo vieron por primera vez en Nuevo México. No sabían de qué se trataba, era un animal que no era ni vaca ni buey, pero que tenía “joroba de camello”, “barba de chivo” y “cola de caballo”. Se trataba del bisonte, pero el vocablo “bisonte”, no llegó hasta 1775. Los ingleses, le llamaron buffalo, equivocadamente, porque el búfalo solo vive en África y en Asia. Y de ahí Buffalo Bill.  Pero un búfalo no es un bisonte. Entre tanto, en castellano, era el "cíbolo".

     

Y el amescoano que se empeñaba en capturar ejemplares jóvenes y pretendía traerlos a España para recría era Juan Álvarez de Eulate, nacido en Eulate en 1583, Señor de los Palacios de Eulate, Gobernador de Nuevo México, un territorio entonces con una extensión no mucho menor que España y hoy formando parte de Estados Unidos.


Simulación de un mapa antiguo de Nuevo México en el siglo XVII

No había cumplido nuestro protagonista los cuarenta años de edad y había dejado en Eulate, a su mujer y a tres hijos y emigró. Con papeles y con puesto de trabajo, el ya mencionado.


Pero de su biografía, que da mucho de sí, hablaré en otra ocasión. Ahora me limitaré a su iniciativa con los cíbolos, quizá la primera en el mundo de un hombre blanco en pro de la recría y domesticación del bisonte.


Y no le faltaban razones. Había comprobado que el cíbolo reunía una serie de cualidades muy importantes, que ya eran muy valoradas por los naturales de aquellas tierras. Si aquí decimos que "del cerdo se aprovechan hasta los andares", del bisonte en el siglo XVII en Nuevo México "se aprovechaban hasta los cagares". Y lo explico.


 En América no había bovinos, ovinos, caprinos, equinos ni porcinos antes de la colonización. En una palabra, no existía ganadería. El único contenedor de proteínas animales de envergadura, su peso oscila entre 600 y 1.000 Kilos, era el bisonte. Por un lado, había manadas con cantidades ingentes de ejemplares en ciertas zonas del territorio que podían ser objeto de caza.


 Los nativos consumían su carne y grasa y aprovechaban su sebo y manteca. Usaban su piel, de una calidad inmejorable, que secaban y curtían para sus viviendas y sus ropajes. Usaban igualmente la lana velluda de sus jorobas. Utilizaban los tendones como hilo y como cuerda  para coser tejidos, pieles y tiendas. También para confeccionar sus arcos. Y sus vejigas y estómagos, una vez preparados, como contenedores, para transportar agua en largas travesías por las llanuras. De todas estas aplicaciones del "cíbolo", tomó nota Eulate, que venía de zona ganadera y se interesó por la especie. 


Y explico lo de los "cagares", que no era una guasa. En grandes zona de Nuevo México, la madera escaseaba, y los bisontes abundaban, lo mismo que sus excrementos. Los indios dejaban secar los excrementos y los utilizaban como combustible en las hogueras. El bisonte solo consume pasto y hierba. Su excremento es fibra vegetal digerida y compactada. El sol la deshidrata y las bacterias causantes del mal olor mueren. Al quemarse, el olor es un aroma herbáceo similar al heno quemado. Produce una llama clara y poco humo. Los nativos recogían excrementos secos que encontraban y los guardaban en bolsas de cuero. Hay que tener en cuenta que, en las grandes llanuras llegó a haber más de 50 millones de bisontes.


Imagen esquemática del bisonte con 
sus aprovechamientos básicos en la época
 


Eulate hizo construir en Santa Fe unos corrales de gran solidez, con troncos de pino. Pretendía estabular los cíbolos que capturase.


Organizó después, en octubre de 1619 una gran expedición que salió de Santa Fe hacia el Este. Llevaba soldados de cuera, guías nativos y cientos de caballos de repuesto. Iban bien equipados de hombres, armas y víveres, a fin de capturar ejemplares vivos.


Se adentró en lo que se llamaba y se llama el Llano Estacado, porque era como una llanura infinita sin un solo árbol, donde la única referencia eran las estacas que los españoles clavaban para no perderse (de ahí el nombre de Llano Estacado). Es una meseta inmensa con una altitud media entre 900 y 1.500 metro s.n.m. y se encontró allí con un “mar de bisontes”.



Imagen del "mar de bisontes" 
que pudo contemplar Juan de Eulate

Pero los bisontes adultos no se entregaban cuando se intentaba enlazarlos y apartarlos, y embestían y derribaban a los caballos, que resultaban heridos y muertos en gran cantidad en los intentos de captura.


Al ver esto Eulate, optó más por capturar a los añojos/terneros y logró llevar bastantes hasta Santa Fe. Pero sobrevivieron pocos, por falta de leche, por el agotamiento del largo viaje y por el estrés de la separación de sus madres y del rebaño.



Representación gráfica del fracaso de la iniciativa con la captura 
de una cantidad reducida de crías de bisontes.


Por otro lado, los franciscanos, intrigaban cerca del Virrey a cuenta de los cíbolos. Le acusaban a Eulate, con fray Esteban de Perea a la cabeza, de someter a los nativos a largas jornadas de caza, solo para su beneficio personal, pues comerciaba con la manteca y la lana de los cíbolos. Le acusaban de creerse por encima de las leyes divinas al intentar "enmendarle la plana a la Creación queriendo domesticar a una bestia que Dios había hecho salvaje”.

 

Eulate se los había enajenado desde su llegada, porque permitía a los nativos mantener sus rituales y tradiciones con tal de que pagasen sus impuestos. Y prefería a un nativo idólatra con dinero que a otro cristianado pobre. Y varios líderes indígenas testificaron en favor de Eulate y en contra de los franciscanos, acusándoles de someterles a castigos corporales y a trabajos forzados.

 

Pero sobre estas disensiones socio-religiosas entre Eulate y los franciscanos de Nuevo México, muy amenas por otra parte, pienso escribir en el blog una entrada dedicada.  

 

El proyecto de Juan de Eulate de traer el cíbolo o bisonte y domesticarlo fracasó. Ni siquiera llegó a transportarlos, lo que hubiera sido un problema tal como eran los navíos de la época. Y, finalmente, no sabemos si esta especie se hubiera adaptado a otro clima y a otro hábitat.


Pero empleó una parte de su vida en la tarea, que no creo que le produjera grandes beneficios, como decían los franciscanos. Y ahí quedó el intento del primer europeo, amescoano por más señas, de domesticar, el cíbolo o bisonte americano. 




         (1) El origen de este vocablo está en Cíbola, el nombre de una de las “siete ciudades de oro”, a las que se atribuían grandes riquezas y tesoros, de la leyenda medieval que crearon siete obispos españoles o portugueses, en una tierra igualmente legendaria situada al Oeste de la península, tras la invasión musulmana. Tras la llegada de Colón a América, fray Marcos de Niza, fraile franciscano, revivió y alentó esta creencia, situando su posición al noroeste de Nuevo México y dando lugar a varias expediciones ya en la primera mitad del siglo XVI.

Y lo único que encontraron, en cantidades enormes, fue esta especie animal, para los colonizadores desconocida, y le dieron el nombre de la “ciudad de oro”, “cíbolo”.






 

Amescoazarra e Inzura, mitos y realidades

Reproducción fantasiosa del poblado en ruinas de Amescoazarra, 
vista desde el Oeste, con el río Urederra a la derecha.

En marzo de hace 825 años, Sancho VII de Navarra, “el Fuerte”, otorgaba el Fuero de Inçura, en Améscoa, Améscoa Baja actualmente. En 1201 concretamente.

De las excavaciones realizadas el pasado verano en la fortificación/castillo de Inzura se ha informado el pasado 27 de febrero. Mis amigos me han transmitido lo explicado y mostrado en esta exposición y sobre ello trataré en breve, aunque creo oportuno explicar previamente lo que hasta ahora sabemos de Amescoazarra e Inzura.

Para eso he querido recopilar todo lo que conozco sobre el tema desde que empecé a informarme para exponerlo en este blog. 


Lo que he ido sabiendo

En los inicios de los años ochenta tuve las primeras noticias de Inzura, leyendo a Julio Caro Baroja (1914-1995). Decía, en su obra Etnografía histórica de Navarra, que en el verano de 1971 tuvo ocasión de visitar “Amescoa Zar” y añadía:  “En realidad le corresponde bien el nombre, tanto en lo que se refiere a la vegetación, como por los vestigios de población viejísima, que quedan en gran parte sepultados bajo ella”. Y dice aún más: “Dentro del recinto quedan muchos vestigios de casas cuadrangulares o rectangulares de muros anchos y sólidos; pero de menor amplitud que las conocidas hoy en la tierra”. Y su conclusión era: “La excavación sería costosa, pero importante, a mi juicio”.

Poco después, también a primeros de los ochenta, iniciábamos nuestra amistad con Luciano Lapuente Martínez (1910-2000), “Don Luciano”, cuando prácticamente había concluido su aportación al Atlas Etnográfico de Navarra, como parte del Proyecto Etniker Navarra, creación de Jose Miguel de Barandiaran y  José María Satrústegui en 1968. Lapuente también trataba en  ella del Fuero de Inzura, de Inzura y de Amescoazarra y con mucho detalle y conocimiento, proporcionando amplia información.

Incluso le dedicó al tema un detallado artículo en 1983, titulado «Unos datos sobre la comunidad de Améscoa en la Edad Media», para rebatir algunas opiniones vertidas al respecto por José Javier Uranga (1925-2016), en 1982, en otro artículo, «Noticias de la Comunidad de Améscoa en la Edad Media», ambos en Príncipe de Viana.

Pero a Lapuente, quien le hizo profundizar en el tema de Amescoazarra e Inzura fue Martín Larráyoz Zarranz (1918-1991) a quien visitamos Arantza y yo en Pamplona también en la década de los ochenta y algo nos dijo al respecto. Larráyoz se familiarizó con el tema desde épocas muy tempranas, no sé precisar el año. Cuando fue destinado como capellán a las Colonias de verano de la Caja de Ahorros de Navarra en Zudaire. Esto le dio ocasión de conocer diversos lugares de Améscoa Baja, entre ellos, el poblado de Amescoazarra. Y suya era la opinión de atribuirle a la fortificación de Inzura un posible origen en un castro céltico.

Y Simón Negro Juanvelz, en su trabajo de 1920, hacía mención notable de sus restos y de la pila de agua bendita que allí quedaba. Y citaba las visitas a las ruinas del poblado de los párrocos de Artaza, Baquedano y Gollano de su tiempo. Mencionaba igualmente a José de Moret, al igual que Caro Baroja, y que parece ser la fuente de la que beben todos los historiadores o pseudohistoriadores.

Queda en definitiva claro que, a nivel local siempre han sido conocidas las ruinas de ese poblado y el primero en dotarlas de una importancia relevante es, efectivamente:

 José de Moret Mendi (1615-1687), que, en el siglo XVII, lo cita en Investigaciones históricas de las antigüedades del Reino de Navarra, Libro    II, capítulo IX y que considera que Amescoazarra fue “la más antigua población” del valle, y que su nombre indica un poblamiento primitivo anterior a las aldeas posteriores.

Y a Moret le sigue, en el siglo XIX, José Yanguas y Miranda (1782-1863), que en su Diccionario de Antigüedades del Reino de Navarra, recoge lo expuesto por Moret y la tradición de que Amescoazarra es la población más antigua del valle y la consolida en la historiografía decimonónica.

Ambas teorías de "más antigua población del valle" ya las había refutado con toda claridad Lapuente, para el que resultaba evidente que no había recursos para que un grupo humano sobreviviese en un emplazamiento como el de Inzura por mucho fuero real que le fuera otorgado. 

Representación del poblado de Inzura y más arriba al Este, 
el castillo o fortificación de Inzura. Vistos desde el Este, 
yendo de Estella hacia Améscoa.

Pero una realidad, hasta ahora en la sombra, la descubre Javier Armendáriz Martija, en el siglo XXI, al hacer una nueva lectura arqueológica, y poner el foco y valorizar la verdadera fortificación de Amescoazarra. Porque la aldea o poblado sobre el saliente, más próximo y visible, ocultaba la fortificación que era la de auténtico valor arqueológico y  estratégico. Su posición más elevada, más distante, más agreste y con evidencias menos visibles, no había llamado la atención de ningún historiador y no había sido visitada realmente más que por pastores y guardas en los últimos siglos.  

Armendáriz desmonta ya totalmente la idea tradicional de poblado primitivo en la plataforma sobre el Camino Real y explica la existencia de un castro de la Edad del Hierro con dificultades de acceso mediante fosos excavados en la roca circundante, que es aprovechado como fortificación y atalaya siglos después. Esto lo hace en su trabajo «El sitio arqueológico de Amescoazarra (Améscoa Baja)», publicado en 2008-2009.

 

Amescoazarra e Inzura en la Toponimia

Y pasamos a la investigación de la toponimia local porque, a comienzos de los noventa, nos incorporamos al proyecto Nafarroako Toponimia eta Mapagintza/Toponimia y Cartografía de Navarra, con nuestra aportación al Tomo XXII, sobre Améscoa Alta y Baja, comunes y Monte Limitaciones, que dirigía Jose María Jimeno Jurío.

Amescoazarra/Ameskoazarra es un topónimo menor del monte común del ayuntamiento de Améscoa Baja, alejado de zonas de cultivo y no implicado en ningún amojonamiemto. Por tanto su mención en la documentación es puramente circunstancial, en este caso vinculada a la peculiaridad de contener el nombre del propio valle.  Localizamos el topónimo desde que hay documentos en nuestros archivos:

Siglo XV: Peña de Amezqua çarra (1496)

Siglo XVI: Amescoa çarra (1589) 

                Peña de Amescoa çarra (1590)

Siglo XVII: Castillo de Amescoaçargaña (1665)

                 Amesquazarra (1689)

Siglo XVIII: Amescoazarra (1761)

En los siglo XIX y XX se daba con frecuencia ese nombre a la plataforma o saliente que se asoma sobre la carretera de Estella.

Inzura, como bien indica su nombre, inundada por 
el desbordamiento  del río Urederra. Entre el Km 10-11 
de la carretera de Estella, antes Camino Real. Fotografía facilitada.

Inzura/Intzura es un topónimo antiguo que designa la parte inundable del río Urederra, sin límites concretos, a partir del puente de Baríndano y hasta términos de Artavia, Val de Allín. Y es muy antiguo en Améscoa, de cuando los ríos no tenían nombre propio, sino que se llamaban de distinta forma según la zona por la que fluían.

Y sale a la luz con mayúsculas, como topónimo, por el otorgamiento real del Fuero de Inçura en 1201.  

Al ponerse molinos reales en el tramo de río entre Zudaire y Baríndano, se les da el nombre, equivocado o inexacto, de “molinos de Inçura”, porque al río, aguas abajo, se le llama “río de Inçura”. Creo que el nombre “río de Urederra” no existía aún y se creó más tardíamente. De hecho, la primera mención documental de Urederra se da en el Apeo de Lóquiz de 1356.

Siglo XIII: Molinos de Inçura (1280),

Siglo XIII: El ospital de Inçura (1293) (1)

Siglo XIV: Molinos llamados de Inçura (1380)

    El topónimo continúa vivo hasta nuestros días en Améscoa Baja y en el Valle de Allín, concretamente en Artavia.


La Historia militar

No he llegado a saber nada del nacimiento de Inzura como fortaleza en el siglo XII, pero sí es unánime la afirmación de que en 1197-1198 está en poder de Castilla, junto con la de Miranda de Arga. En algún caso puede leerse que “fue conquistada” por Castilla. 

Personalmente creo que Inzura nunca fue conquistada ni reconquistada, ni por unos ni por otros. Este tipo de fortificaciones estratégicas próximas a las líneas de conflicto fueron objeto de trueque o intercambio, más consecuencia de pactos entre reinos, que de encarnizados combates. Y pienso que lo de conquistar o tomar es un forma de "vestir" estos acuerdos.

Esquema cronológico de la dependencia del castillo de Inzura

 En 1201 Sancho VII de Navarra otorga el Fuero de Inzura, de lo que se deduce que la fortaleza está en poder de Navarra y, concretamente en 1203, se le atribuye la tenencia o mando de la misma a Gómez Garceiz.

 En 1207, en el pacto de tregua de Guadalajara, Castilla pone Inzura “en fidelidad”, por lo que pasa a su dependencia.

 En 1211, se cita de nuevo en posesión de Navarra y hay mención de un nuevo tenente, “Petro Jordan, Inçuram”, en ese mismo año y de “Joan Periç de Baçtan, tenente Inçura”, en 1215.

 Y así parece continuar hasta 1233 en que se cita a Semen de Aibar como tenente. A partir de esta fecha no he encontrado mención alguna de fortaleza, castillo o poblado, salvo la ya citada de la hospedería. 


     (1) En referencia a la hospedería existente junto al Camino Real en Inçura, citada en la Carta de Hermandad entre Amescoa (hoy Améscoa Baja) y Arana (hoy Améscoa Alta) y Salvatierra de 1293.


Blanco arriba, blanco abajo. Zuria goian, zuria behean.


Fotografía cedida por Juan Carlos Urra (Zudaire).


Blanco de nieve arriba,

blanco de lana abajo 


            Elur-zuria goian, 

            artilezko zuria behean