"Cíbolo" (1) es el nombre
que dieron al bisonte los colonizadores españoles cuando lo vieron por primera
vez en Nuevo México. No sabían de qué se trataba, era un animal que no era ni vaca
ni buey, pero que tenía “joroba de camello”, “barba de chivo” y “cola
de caballo”. Se trataba del bisonte, pero el vocablo “bisonte”, no llegó
hasta 1775. Los ingleses, le llamaron buffalo, equivocadamente, porque
el búfalo solo vive en África y en Asia. Y de ahí Buffalo Bill. Pero un búfalo no es un bisonte. Entre tanto,
en castellano, era el "cíbolo".
Y el amescoano que se
empeñaba en capturar ejemplares jóvenes y pretendía traerlos a España para
recría era Juan Álvarez de Eulate, nacido en Eulate en 1583, Señor de los
Palacios de Eulate, Gobernador de Nuevo México, un territorio entonces con una
extensión no mucho menor que España y hoy formando parte de Estados Unidos.
No había cumplido nuestro protagonista los cuarenta años de edad y había dejado en Eulate, a su mujer y a tres hijos y emigró. Con papeles y con puesto de trabajo, el ya mencionado.
Pero de su biografía,
que da mucho de sí, hablaré en otra ocasión. Ahora me limitaré a su iniciativa
con los cíbolos, quizá la primera en el mundo de un hombre blanco en pro de la
recría y domesticación del bisonte.
Y no le faltaban
razones. Había comprobado que el cíbolo reunía una serie de cualidades muy importantes,
que ya eran muy valoradas por los naturales de aquellas tierras. Si aquí decimos que "del cerdo se aprovechan hasta los andares", del bisonte en el siglo XVII en Nuevo México "se aprovechaban hasta los cagares". Y lo explico.
En América no había bovinos, ovinos, caprinos, equinos ni porcinos antes de la colonización. En una palabra, no existía ganadería. El único contenedor de proteínas animales de envergadura, su peso oscila entre 600 y 1.000 Kilos, era el bisonte. Por un lado, había manadas con cantidades ingentes de ejemplares en ciertas zonas del territorio que podían ser objeto de caza.
Los nativos consumían su carne y grasa y aprovechaban su sebo y manteca. Usaban su piel, de una calidad inmejorable, que secaban y curtían para sus viviendas y sus ropajes. Usaban igualmente la lana velluda de sus jorobas. Utilizaban los tendones como hilo y como cuerda para coser tejidos, pieles y tiendas. También para confeccionar sus arcos. Y sus vejigas y estómagos, una vez preparados, como contenedores, para transportar agua en largas travesías por las llanuras. De todas estas aplicaciones del "cíbolo", tomó nota Eulate, que venía de zona ganadera y se interesó por la especie.
Y explico lo de los "cagares", que no era una guasa. En grandes zona de Nuevo México, la madera escaseaba, y los bisontes abundaban, lo mismo que sus excrementos. Los indios dejaban secar los excrementos y los utilizaban como combustible en las hogueras. El bisonte solo consume pasto y hierba. Su excremento es fibra vegetal digerida y compactada. El sol la deshidrata y las bacterias causantes del mal olor mueren. Al quemarse, el olor es un aroma herbáceo similar al heno quemado. Produce una llama clara y poco humo. Los nativos recogían excrementos secos que encontraban y los guardaban en bolsas de cuero. Hay que tener en cuenta que, en las grandes llanuras llegó a haber más de 50 millones de bisontes.
Eulate hizo construir en Santa Fe unos corrales de gran solidez, con troncos de pino. Pretendía estabular los cíbolos que capturase.
Organizó después, en octubre
de 1619 una gran expedición que salió de Santa Fe hacia el Este. Llevaba
soldados de cuera, guías nativos y cientos de caballos de repuesto. Iban bien
equipados de hombres, armas y víveres, a fin de capturar ejemplares vivos.
Se adentró en lo que se llamaba y se llama el Llano Estacado, porque era como una llanura infinita sin un solo árbol, donde la única referencia eran las estacas que los españoles clavaban para no perderse (de ahí el nombre de Llano Estacado). Es una meseta inmensa con una altitud media entre 900 y 1.500 metro s.n.m. y se encontró allí con un “mar de bisontes”.
Pero los bisontes adultos no se entregaban cuando se intentaba enlazarlos y apartarlos, y embestían y derribaban a los caballos, que resultaban heridos y muertos en gran cantidad en los intentos de captura.
Al ver esto Eulate,
optó más por capturar a los añojos/terneros y logró llevar bastantes hasta
Santa Fe. Pero sobrevivieron pocos, por falta de leche, por el agotamiento del largo
viaje y por el estrés de la separación de sus madres y del rebaño.
Por otro lado, los
franciscanos, intrigaban cerca del Virrey a cuenta de los cíbolos. Le acusaban a Eulate,
con fray Esteban de Perea a la cabeza, de someter a los nativos a largas
jornadas de caza, solo para su beneficio personal, pues comerciaba con
la manteca y la lana de los cíbolos. Le acusaban de creerse por encima de las
leyes divinas al intentar "enmendarle la plana a la Creación queriendo
domesticar a una bestia que Dios había hecho salvaje”.
Eulate se los había
enajenado desde su llegada, porque permitía a los nativos mantener sus rituales
y tradiciones con tal de que pagasen sus impuestos. Y prefería a un nativo idólatra
con dinero que a otro cristianado pobre. Y varios líderes indígenas
testificaron en favor de Eulate y en contra de los franciscanos, acusándoles de
someterles a castigos corporales y a trabajos forzados.
Pero sobre estas
disensiones socio-religiosas entre Eulate y los franciscanos de Nuevo México,
muy amenas por otra parte, pienso escribir en el blog una entrada dedicada.
El proyecto de Juan
de Eulate de traer el cíbolo o bisonte y domesticarlo fracasó. Ni siquiera
llegó a transportarlos, lo que hubiera sido un problema tal como eran los
navíos de la época. Y, finalmente, no sabemos si esta especie se hubiera adaptado
a otro clima y a otro hábitat.
Pero empleó una parte
de su vida en la tarea, que no creo que le produjera grandes beneficios, como
decían los franciscanos. Y ahí quedó el intento del primer europeo, amescoano por más señas, de domesticar, el cíbolo o bisonte americano.
(1) El origen de este vocablo está en Cíbola, el nombre de una de las “siete ciudades de oro”, a las que se atribuían grandes riquezas y tesoros, de la leyenda medieval que crearon siete obispos españoles o portugueses, en una tierra igualmente legendaria situada al Oeste de la península, tras la invasión musulmana. Tras la llegada de Colón a América, fray Marcos de Niza, fraile franciscano, revivió y alentó esta creencia, situando su posición al noroeste de Nuevo México y dando lugar a varias expediciones ya en la primera mitad del siglo XVI.
Y lo único que encontraron, en cantidades enormes, fue esta especie animal, para los colonizadores desconocida, y le dieron el nombre de la “ciudad de oro”, “cíbolo”.

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