He
recibido estas pasadas fechas varios regalos de gran valor, que estoy
procurando compartir. Desde Asturias me remitía la imagen que encabeza este
comentario, el hombre que más sabe del tejo en España. Hasta mediados del
siglo pasado el tejo era conocido con su expresión en euskera "agin", "hagin" hoy, y el vocablo era casi totalmente desconocido. Lo mismo ocurría con el azkarro y el arce.
La imagen iba acompañada de un pie que decía: Un poco de belleza de estos bosques que siempre nos recuerdan que la vida continúa siendo hermosa.... a pesar de todo.
Se trata de un “esqueleto foliar”, que se puede formar de manera natural. No es el resultado de un secado entre papeles (que conservaría el tejido), sino de un proceso de descomposición selectiva. Cuando una hoja cae en un ambiente húmedo (como el suelo del bosque), las bacterias, hongos y pequeños invertebrados consumen el tejido blando (el parénquima), pero no pueden digerir la lignina de los nervios, que es mucho más dura. Lo que queda es esa red estructural bajo ciertas condiciones.
Aunque es un proceso natural, solo en condiciones óptimas se genera, de forma natural, una “joya” como la que puede verse en la imagen. Requiere un equilibrio casi milagroso: si hay mucha humedad, la hoja se pudre entera; si hay poca, se quiebra. Además, su fragilidad es tal que el viento o el paso de cualquier animal suele destruirlas en días. Encontrar esta "delicatessen" biológica es un premio a la mirada experta.
El regalo me lo ha hecho Ignacio Abella Mina
(Vitoria, 1960). Pasó veranos de su niñez en casa de su abuela materna, Pilar
García de Eulate, en el barrio de Gonea, en Eulate y desde allí subía a la sierra. Así nació su amor por los árboles y por la naturaleza.
Su obra
más destacada “El tejo en España: un viejo amigo olvidado” es, como la "biblia"
de esa especie. Ha sido pionero en recoger la biología del tejo, junto a sus valores de carácter antropológico, mágico
y social.
Junto a
la anterior, “La magia de los árboles” es otra gran obra que ayuda a
comprender al árbol como un ser vivo, digno del mayor respeto como tal. Quizá no
le es difícil transmitir esa comprensión, habida cuenta de que comparte su vida
con los árboles, convive con ellos.

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