Me decía un amigo de Pamplona, tras leer la novela “Lobos de Urbasa”, de Iñigo Ubani, y sabedor de su presentación en Eulate: “Este es un paso más para que Améscoa esté en el mapa de la cultura, la novela, por la ambientación, y la presentación, por el acto”.
Me hizo recordar una frase que repetía José María Satrústegui[2], en 1.990, "Lapuente ha puesto Améscoa en el mapa de la cultura" en relación al libro "Las Améscoas. (Estudio histórico-etnográfico)”, que fue una recopilación de toda la obra de Luciano Lapuente Martínez, Don Luciano.
Y de ahí la memoria me llevó a otras grandes personas que pusieron a este valle en el mapa de la cultura y a los cuales rendimos un cuidado homenaje desde Arantzaduia 94 en 1.996.
La cultura ya cotizaba a la baja en aquellas fechas y valorizarla en un valle minúsculo como este, era una utopía y lo fue. Y lo fue y lo sigue siendo. En realidad, lo de poner a Améscoa en el mapa de la cultura es un mal símil. Es más adecuado el del fuego de leña. Porque exige cortar, secar, hacer leña y alimentar el fuego. Y eso, de continuo, que si no, se apaga. Y eso resulta laborioso y exige aptitud y dedicación. Pero ya he dicho bastante.
Pues bien, vuelvo al acto mencionado del que se van a cumplir 30 años, organizado por un grupo utópico, Arantzaduia 94, Taller de Estudios Amescoanos/Ameskoako Ikertaldea, que cumplía dos años de funcionamiento.
Pretendíamos dejar testimonio, de una parte, de
dos amescoanos que habían trabajado por nuestra cultura, de forma destacada, laboriosa y larga, aunque diferente. Y de otra, distinguir a personas foráneas que habían contribuido de manera especial a “desvelar,
promover y divulgar nuestra cultura”, en definitiva, a poner a Améscoa en el mapa de
la cultura.
Fue el 26 de noviembre de 1.996 y tuvimos una comida con los distinguidos nativos y foráneos
en Zudaire y un acto posterior en la iglesia de Eulate.
Habíamos
establecido una distinción con el nombre de Premio Luciano Lapuente, para
materias de Historia y Etnografía. Su obra está descrita exhaustivamente en le
entrada "De cómo un hombre y un libro curaron la amnesia amescoana" de 24/11/2.024, de este blog, por lo que no entraré a describirla.
Y nuestro grupo decidió concederle esta distinción, por unanimidad, a José María Jimeno Jurío, antropólogo, historiador y etnólogo, por su gigantesca obra dedicada a Navarra en sus más variadas facetas. También por su apoyo incondicional al trabajo de nuestro grupo. Y más en concreto, en la Toponimia y Cartografía de Navarra, Tomo XXII, y en el conocimiento de Martín Pérez de Estella y Abades de Iranzu.
Más tarde vendrían sus aportaciones para la recuperación de los Mayos en Améscoa y las fichas realizadas por él y facilitadas por su hijo Roldan Jimeno, que fueron datos fundamentales para mi trabajo de investigación sobre Memoria Histórica en Améscoa y Urbasa. Publicado en "¿Qué hicimos aquí con el 36?".
El galardón consistió en la reproducción de una estela discoidea. Concretamente de Larraona y labrada por Jesús García de Baquedano, también de Larraona, y engastada en un corte de madera de roble por Eduardo San Martín, de Baríndano.
Establecimos también un premio con el nombre de Emilio Redondo. Por su búsqueda incansable y fructuosa de restos de nuestro pasado más lejano (fósiles y materiales de la Prehistoria). Restos que tienen su propio lenguaje y que resulta comprensible solo para expertos.
Por unanimidad igualmente, nuestro grupo decidió la concesión de esta distinción a Ana Cava Almuzara e Ignacio Barandiarán Maestu. Habían trabajado muchos veranos en diferentes áreas de Limitaciones de Améscoa y Urbasa y sus excavaciones, hallazgos y conclusiones obtenidas habían permitido aumentar notablemente el conocimiento de la presencia humana en este territorio durante la Prehistoria. En muchos de los casos en base a hallazgos de Emilio Redondo, con el que les unía una buena amistad.
En 1.990 se publicó una obra "Los
grupos humanos en
El
galardón consistió en un calbarro (erizo de mar fósil o Micráster) colocado sobre una base de roble por Eduardo San Martín, que el propio Emilio entregó a ambos prehistoriadores.
Y tuvimos un premio más. Llevó el nombre de nuestro taller, Premio Arantzaduia 94, y lo dimos porque trabajábamos por nuestra cultura y en la idea de que l
Creímos que, aunque la cultura de lo propio no está en los programas educativos, hay casos y personas, como las distinguidas anteriormente que se entregan a ello más allá de lo establecido y de lo programado. Y que eso se estaba haciendo en el Colegio Público Comarcal, de Zudaire y optamos por reconocer esas actividades con el galardón que llevaba el nombre del taller Arantzaduia 94.
El galardón fue un bifaz de sílex, tallado por Sergio Makirriain, de Pamplona. También engastado en un corte de roble, tarea a cargo, cómo no, de Eduardo San Martín.
Un bifaz con una rama de espino superpuesta era el símbolo de nuestro grupo. Y uno de los objetivos de Arantzaduia 94 era difundir el conocimiento de nuestro patrimonio cultural, tanto entre los propios como entre los foráneos. Casi es más difícil lo primero, porque existe una natural resistencia a valorar lo propio, y más si el descubrimiento es tardío.
Y para cerrar el acto, tuvimos un pequeño concierto de música clásica. A cargo de Miren Valverde y Francisco Herrero, concertistas de cuerda, que interpretaron obras cortas para violín (dúo y solo) de Bach, Telemann, Pleyel y Bartok.
Y
con una nutrida asistencia local y de varios invitados y colaboradores de
excepción de nuestro grupo, culminamos una grata jornada.
Que pensamos en repetir a los dos años, puesto que esa era la idea al crear los premios, el concederlos con periodicidad bianual, pero eso, como la continuidad de nuestro grupo, era una utopía. Porque Arantzaduia 94 ya no existía en 1.998.
Un recuerdo para gente excepcional que va más allá de los límites, de los horarios, de las retribuciones, de los egos y de las dificultades y mantiene la llama de la cultura grande y pequeña.
[1] Todas las fotografías fueron obtenidas en 1.996 por José Javier Sáenz García de Albizu en blanco y negro. Pasadas a color con ayuda de la AI de Gemini y ajustadas con un posterior programa. Excepto una, la de la presentación de la novela "Lobos de Urbasa", facilitada por el autor, Iñigo Ubani.
[2] Aclaración: José María Satrústegui tenía por costumbre escribir su nombre y apellido con grafía castellana cuando escribía en castellano y con grafía vasca cuando escribía en euskera.



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